¿Y donde esta Diciembre? Un mes en modo avión
- Mariana Modarelli

- 18 dic 2025
- 5 Min. de lectura

"¿Podemos charlarlo en enero?"
Es mediados de diciembre y ya perdí la cuenta de cuántas veces escuché esa frase esta semana. Reuniones que se cancelan, mails que quedan sin respuesta, decisiones que migran mágicamente al primer trimestre del año próximo. Es como si un acuerdo tácito, invisible pero universalmente aceptado, hubiera declarado que diciembre no cuenta. Que este mes es una especie de limbo temporal donde las cosas importantes pueden—deben—esperar.
Todos activamos el modo avión. Y no hablo del de tu teléfono.
Hablo de ese estado mental donde te volvés inalcanzable, incapaz de comprometerte con nada que vaya más allá de "lo vemos el año que viene". Donde cada conversación de negocios se siente como un esfuerzo desproporcionado, donde tu energía está puesta en sobrevivir hasta el 31, no en construir nada nuevo.
Y lo más curioso: todos lo hacemos. Todos lo entendemos. Nadie lo cuestiona.
Pero, ¿alguna vez te preguntaste por qué?
El mes fantasma del calendario corporativo
Diciembre es un fenómeno fascinante. Es el único mes del año que, paradójicamente, todos contamos y nadie cuenta. Está ahí, en tu calendario, en tus proyecciones, en tu timeline. Pero cuando llega, lo tratamos como si fuera un paréntesis obligatorio antes de que "arranque el año de verdad".
¿Cuántas veces dijiste o escuchaste estas frases?
"En diciembre no pasa nada." "Arrancamos con todo en enero." "Nadie toma decisiones en diciembre." "Dejémoslo para el año que viene."
Y así, colectivamente, convertimos un mes entero en una profecía autocumplida. Porque si todos creemos que diciembre no sirve para nada importante, entonces efectivamente no sirve para nada importante.
El problema no es diciembre. El problema es lo que hacemos—o dejamos de hacer—con diciembre.
El peso real vs. el peso del nombre
Seamos honestos: diciembre es objetivamente complejo. Hay cierres de año, balances que cuadrar, metas que alcanzar (o admitir que no se alcanzaron). Hay fiestas, compromisos familiares, vacaciones escalonadas que desarman equipos. Hay una carga emocional real: el agotamiento acumulado de once meses, la presión de "cerrar bien el año", las expectativas de fin de ciclo.
Pero, ¿todo eso justifica que pongamos en pausa conversaciones importantes? ¿Que evitemos compromisos? ¿Que operemos en una especie de piloto automático donde todo lo que requiera pensar, decidir o avanzar se delega automáticamente a "después de año nuevo"?
La pregunta incómoda es esta: ¿nos agota realmente lo que sucede en diciembre, o nos agota más la narrativa que construimos alrededor de diciembre?
Porque una cosa es decir "este mes tengo menos disponibilidad por X razón concreta" y otra muy distinta es declarar, antes de que empiece, que diciembre es un mes perdido. Lo primero es una gestión realista de tu tiempo. Lo segundo es rendirte antes de intentar.
Cuando todos nos ponemos en modo avión al mismo tiempo, algo se rompe. No solo en términos de productividad—que eso es lo obvio—sino en algo más profundo: la continuidad.
Proyectos que tenían momentum frenan en seco. Conversaciones que estaban madurando se enfrían. Oportunidades que requerían timing específico se evaporan. Y cuando volvés en enero, con toda la energía renovada y las promesas de "este año sí", te das cuenta de que hay que reconstruir desde cero lo que dejaste en suspenso.
El momentum no se guarda en el freezer para descongelarlo después.
Y hay algo más: el modo avión es contagioso. Si vos no respondés, el otro tampoco. Si vos cancelás, el otro también. Y de pronto estamos todos flotando en esta zona gris donde nadie se compromete con nada porque asume que el otro tampoco lo hará.
Es un juego de suma negativa donde todos perdemos, pero nadie se anima a romper el círculo porque "así son las cosas en diciembre".
¿Y si diciembre fuera una ventaja competitiva?
Acá va una idea contraintuitiva: ¿y si precisamente porque todos están en modo avión, vos pudieras no estarlo?
No hablo de trabajar más horas ni de negar el cansancio real que podés sentir. Hablo de algo distinto: de elegir conscientemente qué conversaciones sí vale la pena tener en diciembre, qué decisiones sí pueden avanzar, qué espacios de pensamiento estratégico se abren justamente porque el ruido cotidiano bajó.
Porque hay un lado B de diciembre que casi nadie aprovecha: es un mes donde, si elegís bien tus batallas, podés tener la atención no dividida de la gente correcta. Donde las conversaciones pueden ser más profundas porque no hay quince urgencias compitiendo por la misma agenda. Donde podés pensar con más claridad porque el ritmo frenético de los otros meses aflojó un poco.
No se trata de llenar diciembre de actividad frenética para compensar el "mes perdido". Se trata de preguntarte: si este mes existiera de verdad en mi calendario mental, ¿qué haría con él?
El año no termina en noviembre
Hay empresas que cierran su año fiscal en noviembre. No literalmente, pero operativamente sí: todo lo importante se apura para terminar antes de diciembre, porque "después ya no hay tiempo". Y así, un mes entero queda relegado a modo administrativo, a cerrar lo que quedó pendiente, a esperar que llegue enero.
¿El resultado? Once meses de carrera frenética seguidos de un mes de detención forzada. Un ritmo insostenible seguido de una pausa que no es descanso sino desconexión total.
¿No sería más sano distribuir el año de otra manera? ¿Reconocer que diciembre existe, que tiene sus particularidades, pero que puede—debe—ser un mes productivo a su manera?
Salir del modo avión (al menos un poco)
No te estoy sugiriendo que ignores el cansancio o que llenes tu diciembre de compromisos imposibles. Pero sí te invito a cuestionar el piloto automático. A preguntarte si realmente necesitás posponer todo hasta enero o si hay algunas cosas—tal vez las más importantes—que merecen atención ahora.
¿Esa conversación estratégica que venís evitando? Tal vez diciembre, con su ritmo más pausado, sea el momento ideal.
¿Esa decisión que "no hay tiempo" de tomar? Quizás justamente ahora, con menos presión inmediata, puedas pensarla mejor.
¿Ese contacto que querías retomar? Tal vez sea quien está esperando que alguien rompa el silencio del modo avión colectivo.
No se trata de negar que diciembre es diferente. Se trata de dejar de tratarlo como si no existiera.
La pregunta final
Entonces vuelvo a la pregunta del principio: ¿nos agota lo que diciembre realmente nos trae, o nos agota más el peso de lo que creemos que diciembre debería ser?
Porque si es lo segundo, tenemos un problema—y una oportunidad. El problema es que estamos renunciando a un mes entero por una narrativa que nosotros mismos construimos. La oportunidad es que podemos cambiar esa narrativa, empezando por nuestras propias acciones.
Tal vez este diciembre, en lugar de activar automáticamente el modo avión, podrías elegir aterrizar. Estar presente. Aprovechar que el ritmo cambió, no para detenerte por completo, sino para moverte diferente.
Porque el año tiene doce meses, no once.
Y lo que construyas—o dejes de construir—en diciembre, también cuenta.



Comentarios